Historia

El Grupo Vértebra

12 de October de 2025 37 visitas
El Grupo Vértebra

El Grupo Vértebra nació como una respuesta consciente y comprometida frente al arte complaciente y acrítico. Surgió en Guatemala precisamente porque sus fundadores sintieron que el panorama artístico del país necesitaba una renovación: no más efectos decorativos, no más arte ajeno a la realidad, no más imitaciones vacías de modas externas.


Desde sus primeros pasos, Vértebra adoptó un enfoque que sumaba lo ético y lo estético: los miembros asumieron la responsabilidad de pensar el arte como herramienta de conciencia social, de memoria y de diálogo con la identidad nacional. Era una apuesta por concebir el arte no como espectáculo aislado, sino como acto radical: un acto capaz de reflexionar sobre las contradicciones del mundo guatemalteco.


Su manifiesto planteaba que el arte debe brotar de “lo que somos y dónde estamos” — de la geografía, de la historia, de las heridas, de los silencios — y no de fórmulas importadas ni de modas pasajeras. En ese sentido se declaraban herederos de la tradición moderna, pero buscando superar sus limitaciones: ruptura con el academicismo, pero sin caer en la autoreferencia vacía; tensión entre lo local y lo universal; cuidado técnico, pero con libertad creadora.


Desde sus primeros planteamientos plantearon la noción de “conciencia estructurada”, es decir: la disciplina artística al servicio de una visión comprometida; “resistencia al conformismo”, frente al arte anestésico; y la exigencia de que cada obra sea testimonio, diálogo y tensión.


Los miembros de Vértebra entendieron que hacer grupo no implicaba homogenizar estilos sino construir una plataforma de intercambio crítico: cada uno podía hablar con su voz diferenciada, pero todos compartían la voluntad de redefinir el papel del artista en Guatemala. El grupo se asumió como vértebra simbólica del cuerpo artístico nacional, con la pretensión de sostener un esqueleto conceptual capaz de articular comunidad, pensamiento y creación plástica.


En ese sentido, los primeros pasos de Vértebra tuvieron peso simbólico: sus exposiciones iniciales, sus lecturas conjuntas, sus debates públicos fueron más que muestras de obra; fueron actos públicos de posicionamiento cultural. La intención no era ser “reporteros de la realidad”, sino intervenir en ella a través del arte: abrir espacios, despertar la mirada propia y no depender del favor externo.


Así, con mano firme pero mirada abierta, el Grupo Vértebra se plantó en la cultura guatemalteca como un proyecto estético-ético. No era una moda más, sino un querer reconfigurar el sentido del arte nacional: desde la raíz, con conciencia, con memoria y con fuerza.


Ideas, manifiesto y postura estética


  • En 1970, publicaron su Manifiesto Vértebra mediante la revista “Alero” de la Universidad de San Carlos. 
  • En el manifiesto declaran su compromiso con “un nuevo humanismo”, con el ambiente humano, lo existencial, con la búsqueda de verdad que “trascienda el diseño mecánico, frío y temporal”. 
  • Rechazaban el arte que reproduce fórmulas foráneas sin raíces locales. En sus propias palabras: el arte debe dialogar con “lo que somos y dónde estamos”. 
  • Sus 10 frases incluidas en divulgaciones posteriores al manifiesto recogen conceptos como la “conciencia estructurada”, la “resistencia al conformismo”, el valor de la posición geográfica y antropológica, y la responsabilidad histórica del artista frente a su entorno.


Contexto histórico y relevancia social


  • Guatemala en esas décadas vivía tensiones políticas, violencia estatal, represión social y conflictos internos. El arte dominante muchas veces estaba cooptado por lo decorativo o lo estético. Vértebra emerge como respuesta crítica a ese estado de cosas. 
  • Los vértebras veían el arte no como escape sino como confrontación, exploración de identidad y posibilidad de conciencia colectiva. 
  • Ellos afirmaban no ser “reporteros desde la retaguardia” sino luchadores con iniciativa histórica. 


Estilo, técnica y legados artísticos


  • Aunque cada artista tenía su lenguaje propio, compartían preocupaciones temáticas: identidad nacional, memoria indígena, condición social y poética del entorno. 
  • Técnicas usadas incluían pintura con tratamiento matérico y textural, uso de materia y collage, experimentaciones formales con superficie, exploraciones plásticas que iban más allá de la mera ilustración figurativa. 
  • Se consideran herederos del legado simbólico y modernista de Carlos Mérida; el grupo afirmaba ese vínculo al declararse “herederos creativos” del maestro Mérida. 


Impacto y memoria


  • Vértebra no fue un grupo prolongado en sus exhibiciones formales, pero su impacto fue duradero: transformó el discurso del arte guatemalteco hacia una estética más comprometida y reflexiva. 
  • Sus obras siguen siendo referidas y exhibidas en museos contemporáneos, muestras históricas y colecciones institucionales. 
  • Figuras como Elmar Rojas fueron descritas como el “último vértebra” que mantenía vivo ese espíritu de resistencia artística hasta su muerte. 
  • Para las nuevas generaciones de artistas guatemaltecos, Vértebra representa un modelo de cómo conciliar oficio, identidad y compromiso cultural. 


El manifiesto

Situados entre mitos y leyendas, incertidumbres y miedos, la ciencia y la ficción, la técnica y el progreso, la razón y la barbarie, la abstracción y la naturaleza. Conscientes de nuestra verdad y la de todos. Internados en el siglo de los infiernos bélicos y la infección atómica. Acompañados todo el tiempo de otros que no han sido. Entusiasmados en porvenires que se anuncian. Y seguros ahora donde estamos, que el arte y el lenguaje que hacemos toma posición para el futuro.


De todas las posibilidades de expresión en la plástica contemporánea, nos interesa la que arraiga en un nuevo humanismo. La que ha reencontrado el sendero perdido y se hunde en la comunión y vitalidad del hombre, como medida, impulso y fuego de la creación. En la ansiedad del siglo y su condición existencial, nos interesa el ambiente que nos mueve, nos conmueve y nos deja en la mano la sal de la última lágrima y la brasa del primer vagido. Casi junto al trascendentalismo del mundo gótico –agitado y terrible– nos buscamos en el laberinto del tormento contemporáneo. En el nuestro y los otros. En el que dejamos prendido en el gancho de la herencia y que ahora descolgamos para integrarlo a nuestra latente circunstancia. En el de más allá que sólo puede influenciarnos, cuando reflejamos nuestra certidumbre. Porque al diseño mecánico, frío y temporal de una computadora, anteponemos la forma cortical de un cuerpo. A la funcionalidad científica que nos roza, adelantamos la constancia y la expansión de nuestra esencia.


Nuestro lenguaje quiere hermanarse con el universo de la célula y la formación matérica que nos significa. No como floración de análisis científico, más bien, alquimia de evolución catártica. Mística y evocación de interioridades propias que descubren la intensidad de una época y un ambiente. Lo que somos, dónde estamos, vamos. Porque vivimos en un tiempo que nos pertenece y donde el tuerto ya no es el rey entre los ciegos. Momento de tensión definitoria y profecía redentora. Equilibrio existencial en el límite insondable de la búsqueda.


El cilicio del progreso nos subyuga: visiones y tentaciones en la ansiedad de una teratología multiforme. Queremos insistir –colocados en nuestro punto exacto- en lo que está debajo de la máscara. En el gesto o la mueca que se cubre con el antifaz de la Física expansiva. Del desarrollo técnico para unos cuantos y donde el plástico lo sintetiza todo. Más allá de donde se trasplantan corazones y refrigeran cadáveres para resucitar más tarde. De máquinas voladoras y lunáticos andares. De aparatos metamorfoseados por la técnica espacial que se mezclan con los poderes infernales de la guerra. De todos los desastres y veladas informaciones que nos llegan por los conductos unilaterales del teletipo.

Aquí, en nuestro medio primigenio, andante, evolutivo, queremos estructurar una conciencia. El arte que hacemos quiere estar por encima de todos los juegos conformistas y los cantos de sirena del mundial artepurismo. De la expansión abstractizante tan falsificada como del tradicionalismo craso. Nos colocamos en el riel de nuestra conformación genética, fieles a una expresión comunicante con el medio. Nuestro lenguaje de raigambre humana deviene de la realidad que nos circunda. No nos preocupan –con conocimiento de causa– los últimos estertores del arte mecánico y egoísta que se repite en Nueva York o Londres. Reconocemos y valoramos la calidad intrínseca de sus raíces, pero nos interesa la otra cara de la medalla: la faz íntegra del hombre. Del hombre, sus problemas, su pequeñez temporal y su grandeza eterna. No la decoración geométrica –producto de la cientificada nostalgia clásica– que sucedió al primer arte de liberación auténtica a principios de siglo, y que hoy tiene su resultante directo en el diseño mercantil de modas y los objetos de la producción en masa.


Si en un tiempo seguimos huellas extrañas, vericuetos de ajenos y transitados caminos, ahora descubrimos la potestad de nuestra posición geográfica y calidad antropológica. Estamos hundidos y saturados en la vivencia natural del barro que pisamos, con todo su atavismo y presente propio. Lo que somos y donde estamos es más importante que la novedad estilística de lo que hacemos. Certidumbre de nuestro destino y ebullición constante, en la plenitud de una verdad reconquistada. No somos huéspedes de nuestro mundo, ni reporteros que miran la batalla desde la retaguardia, sino luchadores con parte de iniciativa histórica y genuina responsabilidad.


Tenemos un compromiso con la expresión de nuestra plástica. Lo que puede cautivarnos, no nos impide ver los puntos vulnerables. Estamos en el camino del encuentro con una autenticidad que consideramos valedera. La expresión nuevamente figurativa –por decir humana y realista porque quiere mostrar al hombre desnudo– que practicamos, tiene que ser acusadora y brutal. Protesta con color de juicio cáustico, crítica y cortante. Debe ser apasionada, catártica, directa.


Tomamos del arte pasado y presente, los paralelos necesarios para una comunicación más integrada. Reconocemos nuestra deuda con todos aquellos visionarios que dejaron en su pintura la huella de una humanidad latente. Los viejos y los nuevos, los muy conocidos, los anónimos, los ignorados. Pero fundamentalmente no olvidamos los seres y las cosas del ambiente que nos rodea. Aquí vivimos y aquí están las raíces que nos atan.


Unimos nuestra experiencia anterior y presente, para comunicar una intención más radical y violenta en lo que accionamos. Compartimos una vivencia común y un concepto plástico arraigado en un ahora que nos pertenece y que está muy cerca, a nuestro lado. Descontamos toda confusión o giro naturalista de tipo cartel publicitario o demagógico.


Lo que nos interesa es la integración visionaria, profética y acusadora. El hallazgo de valores plásticos de contenido popular, de manifestaciones vivenciales del diario discurrir, de la vida que pasa y nos amarra a hechos novedosos, a circunstancias insospechadas. La potencia y eficacia de este realismo, la concebimos en la inquietud del hombre contemporáneo y la conciencia de su época que se desgarra, aspira a la comunión, a la unidad.


Y más allá de nosotros, la expresión humana de un arte y una coexistencia futura.


 

GRUPO VÉRTEBRA

Guatemala, marzo 1970



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